Otra
Obra conceptual/arte software que consta de un protagonista contradictorio en un espacio que creemos conocido. Reflexión sobre la comodidad que nos da la binariedad de las cosas y como esta se representa en el lenguaje universal moderno: el código programático.
Desarrollo técnico, estético y conceptual
Técnico y estético:
“Esto huele intensamente a Arte Contemporáneo […] por esa migración de medios”. -Cesar Aira
La obra visualmente utiliza el motor WEBGL para poder navegar en un espacio en 3 dimensiones. Es un lienzo de 700 x 700 píxeles que consta de un modelo 3D que recrea el cuerpo de un Golem con el injerto craneal del famoso virus de comienzos de los 2000 “Bonzi Buddy” depositado en una habitación recubierta por capturas de imagen de la consola de p5js donde se puede leer el propio código constitutivo de la obra. Podemos ver a través del ojo de una cámara virtual como es el cuerpo del Golem es revelado muy de a poco hasta que la cámara se aleja lo suficiente para ver nuestro monstruo de cuerpo completo mientras la cámara se va alejando de la figura cada vez más, mostrando así la habitación donde se encuentra girando en su propio eje nuestro protagonista. En el lienzo también se encuentra instalada una luz que nos ayuda a percibir mejor la profundidad tanto del modelo 3D como de la habitación.
Todo esto deberán ciegamente creerlo ya que lo que se ve en esta obra es solo una captura de video embebida en otro proyecto que automatiza tanto la reproducción de la obra como el movimiento de la luz, impidiendo poder acceder directamente al código conformador original.
Conceptual:
Esta obra inspira su intención en aquel “Arte Software” que nos cuenta Inke Arns en su texto “El código como acto performativo”. Este uso deliberado del enrejamiento del código tiene la intención de darle otro tipo de significancia no técnica al código que conforma la obra, sino otros tipos de usos: estético al llevarlo a lo visual y poético al subjetivizar una herramienta que suele encasillarse como un método frío y ejecutor de lenguaje inlocutivo. Allí reside la decoración habitacional de nuestro ¿amigo? en la obra visual. También encuentra en este intento una nueva naturaleza propia del arte software que nos cuenta Arns: la de hacer código como finalidad, despojándolo de aquel manejo lingüístico para el que se tiene el código como medio hegemónico de nuestra contemporaneidad. Esto es basado en lo que describe Arns sobre la performatividad del código, o sea, cito: “(según otros escritores)…entendida como la habilidad para realizar y ejecutar según los términos de la teoría de los actos de habla […] cuando me refiero al código de performatividad, quiero decir que esta performatividad no debe entenderse como una performatividad puramente técnica; es decir, no solamente sucede en el contexto de un sistema técnico cerrado, sino que afecta al campo de lo estético, lo político y lo social. El código de programa se caracteriza por el hecho de que aquí «lo dicho» coincide con «lo hecho».”
A partir de acá solo pude pensar en esa idea del “arte sin obra” que menciona Cesar Aira en “Sobre el arte contemporáneo”, aquella idea de que una obra contemporánea solo es el modelo de su próxima reproducción, esta poderosa idea de que ese espacio entre la obra y su recepción es un secreto irreproducible, que pide a gritos que se averigüe sugiriendo así una posibilidad infinita de reproducciones, que casualmente tiene mucho que ver con la potencialidad del código de la que habla Arns! O sea, esa intención creativa de un código que deposita su valor en el potencial ejecutable del código y no en el perfeccionamiento técnico, para así ser recibido siempre como un infinito desafío a corregir. Esta ambigüedad (obra y reproducción) es la que me llevó a hacer una reproducción de mi propia creación, como evidencia de autoconciencia de que nuestro entorno es completamente dependiente del código como medio, a lo que creo Guattari diagnostica en “Refundación de las prácticas sociales” como una ironía aquel rol pasivo que cumple el espectador de pantallas mientras disfruta ver avanzar a la tecnología a costas de la degradación de su naturaleza al hablar del enfoque reduccionista del cientifismo asociados con los medios de comunicación.
Ahora, por otro lado, tenemos a nuestro protagonista, mitad Golem mitad Bonzi Buddy ¿Qué significan? El Golem refiere a la mitología judía. En este relato, un rabino le da vida a un humano artificial hecho de barro para que funcionara como protector del pueblo judío cumpliendo las tareas que se le pidieran, estas de forma sistemática y literal. La idea de una creación humana como un procesador y ejecutor de instrucciones a disposición de su creador tiene todo para entenderse como una computadora, creo yo. Pero por otro lado, tenemos incrustado en nuestro golem el cráneo simioforme de Bonzy Buddy. ¿Quién fue alguna vez Bonzy Buddy? Este fue uno de los malwares (virus de computadora) más famosos de la década de los 2000, un falso asistente virtual que interactuaba con el usuario y tenía una caricaturesca morfología. Este dejaba consecuencias en su instalación tales como robo de datos al usuario, rendimiento lento del sistema, bloqueos del sistema, anuncios comerciales, cambio de la página de inicio del navegador, y demás. Por eso es que me parece que es el estandarte de una cultura que representa la guerra contra el código. Tal y como menciona Aira, el arte contemporáneo es la propia contemporaneidad y depende de todos los factores de un presente constante, siendo el primero de estos el enemigo de la obra. El enemigo como engranaje fundamental que incita a la obra a mejorar, a buscar nuevos argumentos.
Así es que llegue a hallar un punto de concilio entre un esclavo y víctima del lenguaje ilocutivo (según Arns: la palabra como acto ejecutor) y su máxima némesis, buscando hallar un balance entre ese binomio que signifique una nueva identidad de esta postmodernidad hundida en el código binario. Porque la idea de jugar a ser dios en busca de la omnipresencia como el rabino que dio vida al golem va a terminar matándolo por su literalidad, mientras que el atentar contra una obra tan humana y contemporánea como es el lenguaje solo dará por resultado su refuerzo, como una hidra de infinitas cabezas.
Entonces así estamos…
En este punto es que siento estar habilitado para desarrollar una hipótesis. Hay un factor común en cada elemento de la obra que puede resumirse en el diálogo entre puntos contrapuestos, con una lógica que podría explicarse como binaria: código contra visuales (imagen versus texto), obra y copia, golem contra Bonzi (servidor vs enemigo) y demás. Este factor común me hizo comprender que el consciente colectivo característico de la sociedad contemporánea tiene una matriz de pensamiento que recurre a la binariedad como método de percepción ¿A qué voy? A que nos es mucho más aliviador a los humanos contemporáneos encasillar nuestras ideas en un extremo, o en otro, porque pensar en la infinidad de intervalos intermedios nos es inconmensurable y desgastante. Y el mejor ejemplo puede que sea el medio del cual dependemos todas las civilizaciones, un medio el cual su técnica está basada en un código binario de apagados y encendidos.
Mark Fisher habla en su libro “realismo capitalista” de una impotencia posmoderna culpable de una “realidad fungible” a la que estamos subordinados. Este concepto de “realidad fungible” supone que el ser “realista” en el presente es aceptar la condición de constante actualización de lo que experimentamos día a día. Esta realidad que se consume cual fast-food es sinónimo de una realidad construida por una inconmensurabilidad de cultura e historia para procesar, esto, tal como describe Aira al hablar del arte contemporáneo como un eterno presente que no sea contaminado por valores anticuados. Por eso es que la única forma de afrontar esta impotencia posmoderna es olvidándola, recubriéndonos de un olvido colectivo inducido por un sistema capitalista que nos hace creer que es parte de nuestra identidad para que percibamos una relajada realidad insensata, paradójica y volátil. Vivir como un sueño para no desesperar, para sentir esa omnipotencia que nos da el vigor para ignorar un abismo de herencias. El código también traduce esta interpretación onírica donde todo es intangible, donde puedo hacer Ctrl+Z, donde nuestra memoria no funciona de forma narrativa, sino que la información es de acceso aleatorio, como un gran disco de estado sólido que fomenta este presente continuo eterno del que habla Aira.
Por eso mi bronca con el código, porque siento que es un régimen que representa la estandarización del todo, incluso del habla, y para eso creo que el arte contemporáneo tiene que ser nuestro Dr. Manhattan, aquel que todo lo ve todo el tiempo, para diagnosticar lo sumises que somos a pretender que el código siempre va a estar ahí para nosotres resolviéndonos los problemas. No piensen mal, no atento contra el código, sino que reflexiono sobre la comodidad de estar del otro lado que nos da la digitalidad. Esta era mi intención cuando mencioné lo que dice Aira sobre que el arte contemporáneo huele a multiplicidad de medios. La multimedia como respuesta al binearismo, donde no somos texto ni somos imagen, ni somos viejos ni somos nuevos.
Referentes artísticos:
Arte software, arte conceptual, creo que J. L. Borges, Fiodor Dostoyevski, ¿Dreamworks? jaja
Bibliografía
AIRA, César. (2013). “Sobre el arte contemporáneo”.
ARNS, Inke. (2005). “El código como acto de habla performativo”.
GUATTARI, Felix. (1992). “Una refundación de las prácticas sociales”.
FISHER, Mark (2009). “Realismo capitalista: ¿No hay alternativa? ”.