Presentación de la obra

Compromisos

Artista: Agustín Nicolás Gutiérrez

Internet nos altera. Los tiempos que nos propone la virtualidad, su inmediatez, se han trasladado a todas las esferas de nuestra vida y el arte, por supuesto, no escapa de la vorágine a la que nos someten los tiempos posibilitados por las nuevas tecnologías de comunicación. En este contexto ¿Cuánto tiempo estamos dispuestos a darle a un mensaje para desarrollarse? ¿Y si supiéramos que ese mensaje, tome el tiempo que tome, no volverá a repetirse? En ese caso ¿Cuál es nuestra disposición, cuál es nuestro margen de espera?

Esta obra nos ofrece la posibilidad de ponernos a prueba, de elegir el tiempo que estamos dispuestos a concederle a la obra para desarrollarse, con la condición de que, al momento que elegimos poner fin a la obra, la misma se habrá ido y ya no volverá a ser exactamente igual nunca más. Las secuencias de colores, el orden de los sonidos y el punto exacto de los movimientos habrán partido y prácticamente imposible que la probabilidad vuelva a coincidir de modo tal que la misma obra se repita.

Así, nuestro compromiso con la experiencia de la obra, con su desarrollo, serán vida y muerte de la misma, al menos, en su singularidad.

La obra comienza su propuesta con una imagen completamente negra y completamente en silencio. La obra comienza en el vacío. Mediante la exploración -intuitiva- de parte del usuario/espectador y su compromiso sostenido en el tiempo, la obra se develará. Líneas curvas de movimientos delicados, oscilatorios y asimétricos, totalmente faltas de sincronía, al menos a primera vista. Compromisos es una obra que, aunque no podamos verla, nunca se detiene y que en su eterno movimiento, lucha contra su propia repetición. Las secuencias de colores, las combinaciones de sonidos que puedan interpelarnos en nuestro tránsito de la obra se reiniciarán una vez que la demos por finalizada y, ya que los mismos surgen del azar, las posibilidades de transitar dos veces la misma obra serán, por lo menos, pocas. Esto, entonces, funciona como una doble invitación: Por un lado, la invitación a dejar de lado las infinitas posibilidades de distracción que nos propone el simple hecho de encontrarnos frente a un dispositivo conectado a internet y concentrar toda nuestra atención en una única pestaña. Por otro lado tenemos la cuestión de la temporalidad, que es, en definitiva, el concepto central de la obra. El tiempo que nuestra atención se mantenga en la obra será recompensado. Como ya lo mencionamos, cada vez que la obra comienza, experimentamos una combinación de factores únicos, entonces, la verdadera apuesta está en que esta obra, única, vivirá tanto como le permitamos vivir, para luego quedar nada más que en nuestra memoria.

Es por lo dicho entonces que hablamos en términos de tránsito de la obra. Entendemos a esta obra como una instalación, una instalación desde la virtualidad, por la manera en la que busca interpelar al usuario/espectador, en palabras de Bishop:

“Todo sobre la estructura y el modus operandi de las instalaciones valora persistentemente la presencia de primera mano del espectador, una insistencia que en última instancia restituye al sujeto -como una entidad unificada-, independientemente de lo fragmentado o disperso que haya resultado ser nuestro encuentro con el arte.” (Bishop, Claire. “El Arte de la instalación y su herencia”).

Para lograr este objetivo, el código de la obra dispara, cada vez que la misma se inicia (mediante la participación activa del usuario/espectador, manteniendo apretado el botón derecho de su mouse), una nueva secuencia de colores, que determinarán cómo se verán las curvas de bezier en constante movimiento. Es decir, las curvas se seguirán moviendo incluso cuando el programa parezca apagado, garantizando aleatoriedad en la posición de las mismas al momento en que el usuario/espectador decida iniciar su experiencia. Entonces tendremos una nueva secuencia de colores, una posición aleatoria y además el sonido con el que se comience se elegirá de manera aleatoria. Siempre y cuando se mantenga presionado el botón, la obra seguirá desarrollándose, así, se sucederá una concatenación de sonidos (siempre aleatoria), que, nuevamente, garantiza la aleatoriedad de los eventos a suceder. Es por lo recién mencionado que podemos vincular el desarrollo de esta obra con los postulados de Inke Arns, cuando refiere al arte software:

“El arte software no se refiere al software meramente como una herramienta pragmática e invisible que genera ciertos resultados visibles, sino que, por el contrario, se centra en el propio código del programa –incluso cuando este código no se deja explícitamente abierto o puesto en primer plano.”

El código es, en definitiva, la obra, ya que todas las decisiones tomadas con fines estéticos se encuentran contenidas dentro de los límites y posibilidades de, en primer lugar, el lenguaje sobre el que estamos desarrollando, y en segundo lugar el medio concreto sobre el que la obra está instalada, que es un navegador de internet. Todo el concepto sobre el que la obra está constituída está condicionado por la materialidad misma del medio en el que ésta ocurre y, de igual manera, se toma como excusa para reflexionar sobre él.